jueves, 19 de enero de 2017

Sostener a los cristianos que sufren injustas persecuciones en el mundo


 Los cristianos son víctima de muchas batallas: la injusticia clama al cielo, porque son combatientes de paz, no de violencia… 

Existe una especie de muro de silencio respecto de los mártires cristianos del siglo XXI, apenas roto por los mensajes del obispo de Roma o por informes anuales de ONG que no siempre alcanzan la debida difusión.
Por eso, siento la necesidad de hacer eco al último que he leído: apenas seis líneas en Le Monde, pero varios densos párrafos en Avvenire de Milán. Coincide con las noticias más amplias que llegan de Iraq, con la recuperación de ciudades como Mosul, ocupadas por el llamado Estado Islámico: en apenas dos años ha causado más destrucción que un terremoto.
Mientras prosigue la reconquista de Mosul y la plana de Nínive, se publica un informe sobre los crímenes perpetrados contra la población civil por el sedicente Califato en esos dos años y medio de ocupación. Aparte de la violencia contra mujeres y niños, y otras barbaridades, ha destruido casi un centenar de templos. Antes de la invasión de los terroristas islámicos vivían pacíficamente en la zona cientos de familias cristianas: muchas enlazaban con los frutos de la primera evangelización histórica, seis siglos antes de Mahoma.
Un portavoz del Ministerio de asuntos religiosos de la región autónoma del Kurdistán iraquí, ha anticipado el contenido de un informe que será publicado por la Comisión de los crímenes cometidos por los milicianos radicales en esa zona: subrayó que la mayoría de los lugares de culto destruidos o dañados son iglesias cristianas, además de algunos templos yazidíes o pertenecientes a otras minorías religiosas.
La violencia de las milicias del Estado islámico es la más radical. Pero, en conjunto, según los datos publicados por una ONG cristiana, Open Doors (Puertas abiertas), crece la persecución contra los cristianos en todo el mundo: alcanza a unos 215 millones de creyentes, oprimidos por motivos religiosos en 50 países.
Se confirma la fuente principal de esa radical negación de la libertad: ante todo, el extremismo islamista, en sus diversas denominaciones según las regiones: Boko Haram, en Nigeria, Níger, Chad y Camerún; Al Shabaab, en Somalia, Kenia y Uganda;  o el Estado islámico ya referido (Daesh). Pero, además, en 35 de los 50 países con vigencia jurídica del Islam, crece exponencialmente la intolerancia respecto de las minorías, especialmente las cristianas. Basta pensar en las noticias casi diarias que llegan de Pakistán, donde la llamada “ley de la blasfemia” hace estragos.
Sin contar la peculiar situación de China, peligra y mucho la libertad religiosa en otras naciones asiáticas por influencias ideológicas o nacionalistas, como Laos, Bangladesh, Vietnam y Bután. En el ranking, la India aparece en el puesto 15, como consecuencia del nacionalismo hindú. También se deteriora la condición de los cristianos allí donde prospera el nacionalismo budista, tan distinto de su imagen idílica en Occidente; de modo especialmente intenso, en Sri Lanka.
En primer plano, “la paranoia dictatorial”, que alimenta el odio contra los cristianos en la Corea del norte de Kim Jong-un: es quizá para los cristianos el país más negativo del mundo −más incluso que Arabia Saudita−: la mera posesión de una Biblia puede llevar a la tortura, a la cárcel, incluso, a la pena de muerte. Pero los dirigentes occidentales callan.
La agencia Fides había publicado hace unas semanas los datos anuales de sacerdotes, religiosos o agentes de pastoral asesinados por motivo de su oficio. Pero Open Doors ofrece una información más amplia sobre la realidad del martirio: un total de 1.207 cristianos fueron asesinados en 2016 por motivos religiosos, y 1.329 iglesias sufrieron ataques diversos. Las cifras son inferiores a las de 2015, en parte por las victorias militares de los ejércitos de Nigeria o Iraq.
Como afirma el director de la ONG, “en la época de la imagen recibe más eco un asesinato fotografiado con el móvil, que un millón de personas tratadas como animales. Un cristiano de cada tres sufre una grave forma de persecución en los 50 estados de nuestra investigación. Es más aún que las muertes y atentados a las iglesias: en el fondo, estamos hablando de millones de vidas vejadas y oprimidas a causa de una opción de fe”.
En tantos conflictos regionales, los cristianos son víctima de muchas batallas: la injusticia clama al cielo, porque son combatientes de paz, no de violencia, y menos aún de esa venganza tan oriental del ojo por ojo y diente por diente. Esperando contra toda esperanza, preciso es confiar en la nueva etapa de la ONU abierta por el mandato de António Guterres como secretario general.

La esperanza, delante del peligro y de la muerte, se expresa en oración


El Papa ayer en la Audiencia General


Queridos hermanos y hermanas, buenos días.
En la Sagrada Escritura, entre los profetas de Israel, despunta una figura un poco anómala, un profeta que intenta evadirse de la llamada del Señor rechazando ponerse al servicio del plan divino de salvación. Se trata del profeta Jonás, de quién se narra la historia en un pequeño libro de solo cuatro capítulos, una especie de parábola portadora de una gran enseñanza, la de la misericordia de Dios que perdona.
Jonás es un profeta “en salida”, también en fuga, que Dios envía “a la periferia”, a Nínive, para convertir a los habitantes de esa gran ciudad. Pero Nínive, para un israelita como Jonás, representa una realidad que amenaza, el enemigo que ponía en peligro la misma Jerusalén, y por tanto para destruir, no para salvar. Por eso, cuando Dios manda a Jonás a predicar en esa ciudad, el profeta, que conoce la bondad del Señor y su deseo de perdonar, trata de escapar de su tarea y huye.
Durante su huida, el profeta entra en contacto con los paganos, los marineros de la nave sobre la que se embarca para alejarse de Dios y de su misión. Y huye lejos porque Nínive estaba en la zona de Irak y él huye a España. Pero huye de verdad. Y es precisamente el comportamiento de estos hombres, como después será el de los habitantes de Nínive, que nos permite hoy reflexionar un poco sobre la esperanza que, delante del peligro y de la muerte, se expresa en oración.
De hecho, durante la travesía en el mar, estalla una gran tormenta, y Jonás baja en la bodega del barco y se duerme. Los marineros sin embargo, viéndose perdidos, «invocaron cada uno al propio dios» (Jon 1,5). Eran paganos. El capitán del barco despierta a Jonás diciéndole: «Qué haces aquí dormido? Levántate e invoca a tu dios. Tal vez ese dios se acuerde de nosotros, para que no perezcamos» (Jon 1,6).
Las reacciones de estos “paganos” es la reacción justa delante de la muerte; porque es entonces que el hombre hace experiencia completa de la propia fragilidad y de la propia necesidad de salvación. El horror instintivo de morir desvela la necesidad de esperar en el Dios de la vida. «Quizá Dios se acuerde de nosotros y no pereceremos»: son las palabras de la esperanza que se convierten en oración, esa súplica llena de angustia que sale de los labios del hombre delante a un inminente peligro de muerte.
Demasiado fácilmente diseñamos el dirigirnos a Dios en la necesidad como si fuera solo una oración interesada, y por eso imperfecta. Pero Dios conoce nuestra debilidad, sabe que nos acordamos de Él para pedir ayuda, y con la sonrisa indulgente de un padre responde benevolente.
Cuando Jonás, reconociendo la propia responsabilidad, se hace echar al mar para salvar a sus compañeros de viaje, la tempestad se calma. La muerte inminente ha llevado a esos hombres paganos a la oración, ha hecho que el profeta, a pesar de todo, viviera la propia vocación al servicio de los otros aceptando sacrificarse por ellos, y ahora conduce a los supervivientes al reconocimiento del verdadero Señor y a la alabanza. Los marineros, que habían rezado con miedo dirigiéndose a sus dioses, ahora, con sincero temor del Señor, reconocen al verdadero Dios y ofrecen sacrificios y hacen promesas. La esperanza, que les había llevado a rezar para no morir, se revela aún más poderoso y obra una realidad que va también más allá de lo que ellos esperaban: no solo no perecen en la tempestad, sino que se abren al reconocimiento del verdadero y único Señor del cielo y de la tierra.
Sucesivamente, también los habitantes de Nínive, delante de la perspectiva de ser destruidos, rezan, empujados por la esperanza en el perdón de Dios. Harán penitencia, invocarán al Señor y se convertirán a Él, empezando por el rey, que, como el capitán de la nave, da voz a la esperanza diciendo: «Tal vez Dios se vuelva atrás y se arrepienta … de manera que no perezcamos» (Jon 3,9). También para ellos, como para la tripulación en la tormenta, haber afrontado la muerte y haber resultado salvados les ha llevado a la verdad. Así, bajo la misericordia divina, y aún más a la luz del misterio pascual, la muerte se puede convertir, como ha sido para san Francisco de Asís, en “nuestra hermana muerte” y representar, para cada hombre y para cada uno de nosotros, la sorprendente ocasión de conocer la esperanza y de encontrar al Señor. Que el Señor nos haga entender esto: la unión entre oración y esperanza. La oración te lleva adelante a la esperanza.  Y cuando las cosas se vuelven oscuras, más oración y habrá más esperanza.

miércoles, 18 de enero de 2017

Domingo III del Tiempo Ordinario

Ciclo A – Textos: Isaías 8, 23 – 9, 3; 1 Co 1, 10-13.17; Mateo 4, 12-23.


Idea principal: la misión salvadora de Cristo es universal, es decir, vino para salvar a todos.

Resumen del mensaje: Ese Hijo de Dios, Jesús, que tiene su carnet de identidad de Siervo (domingo pasado), necesita colaboradores para llevar adelante la misión universal de salvación encomendada por el Padre (evangelio), que es de luz (primera lectura) y amor y unión (segunda lectura).

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, Jesús comienza su misión salvadora universal no en la Jerusalén sagrada y religiosa, ni en la más pacífica Judea, sino en Galilea, la de los gentiles, donde había una mezcla de razas y lugar de paso de civilizaciones, mezcla de judíos y de paganos. Galilea estaba “en la frontera” y allí se daban desmanes, desvaríos y descreencias. La elección de este escenario ya da a entender que Jesús va a ofrecer una salvación universal. Jesús se presenta como luz (primera lectura), como amor y como salvación para todos. Nadie está excluido.

En segundo lugar, como esta misión salvadora universal de Jesús es ardua, quiere la colaboración libre y amorosa de hombres que le echen una mano. Por eso, los llama con amor y confianza. Ellos responden libremente dejando todo y siguiéndolo. Y tienen que ir a evangelizar como nos dice el Papa Francisco en su exhortación, no a lugares fáciles, sino a lugares “incómodos”, y esto “sin demoras, sin asco y sin miedo” (Evangelii gaudium, 23), “primereando” en el amor (id. 24) y llevando la consigna de la conversión a Jesús (evangelio) y la unión mutua que rompe todo partidismo eclesial (segunda lectura).

Finalmente, a esta misión salvadora universal Jesús nos ha invitado a cada uno de nosotros bautizados para que seamos sus colaboradores. Cristo pasa por los colegios, por las fábricas, por las legislaturas, por los caminos, e invita a todos a seguirlo y difundir su evangelio, cada uno según sus posibilidades y de acuerdo a su peculiar vocación. A algunos como laicos –la mayoría-, a otros como religiosos y a unos cuantos como sacerdotes. Como bautizados estamos llamados a apoyar esta misión universal salvadora de Cristo, siendo profetas que anuncian a Cristo y su Palabra y denuncian, desde el evangelio, cuanto hiere a Dios y al hermano; sacerdotes que saben ofrecer sus penas y alegrías; y reyes para servir a todos y luchar contra el pecado en sus corazones y en el corazón de los demás. Para ello tenemos que dejar nuestra barca, nuestras redes, tal vez nuestros padres y posibilidades lícitas y buenas (evangelio)

Para reflexionar: si Cristo me llamara hoy a comprometerme más seriamente en su misión universal salvadora, ¿le diría “sí”, o “no”? ¿Qué cosas me atan a mi barca y a mis redes? ¿Estoy revestido de la luz y el amor de Jesús para transmitirlo?

Para rezar: Señor, cuenta conmigo en tu gran tarea de la salvación de la humanidad. Ya he quemado las redes de mi egoísmo y de mis miedos. Confío en Ti.

martes, 17 de enero de 2017

Los cristianos perezosos

El Papa en Santa Marta


Vida valiente es la del cristiano. El celo del que habla la primera lectura de hoy (Hb 6,10-20), el valor para seguir adelante, debe ser nuestra actitud ante la vida, como los que se entrenan en el estadio para ganar. Pero la Lectura habla también de la pereza que es lo contrario al valor. Vivir en la nevera, para que todo se quede igual. Los cristianos perezosos, los cristianos que no tienen ganas de ir adelante, los cristianos que no luchan para hacer que las cosas cambien, cosas nuevas, las cosas que nos harían bien a todos, si esas cosas cambiasen. Son los perezosos, los cristianos aparcados: han encontrado en la Iglesia un buen aparcamiento. Y cuando digo cristianos, digo laicos, curas, obispos… Todos. ¡Hay cristianos aparcados! Para ellos la Iglesia es un aparcamiento que protege su vida y van con todos los seguros posibles. Pero esos cristianos quietos, me hacen pensar una cosa que de niño nos decían los abuelos: Ten cuidado, porque el agua quieta, estancada, es la primera que se pudre.
Lo que hace a los cristianos valientes es la esperanza, mientras que los cristianos perezosos no tienen esperanza, son pensionistas. Está bien jubilarse después de muchos años de trabajo, ¡pero pasar toda tu vida jubilado es feo! La esperanza es, en cambio, el ancla a la que agarrase para luchar incluso en los momentos difíciles. Este es el mensaje de hoy: la esperanza, esa esperanza que no defrauda, que va más allá. Y una esperanza que es ancla del alma, segura y firme. La esperanza es el ancla: la hemos echado y estamos agarrados a la cuerda. Esa es nuestra esperanza. No hay que pensar: Sí, pero, está el cielo, qué bonito, yo me quedo… ¡No! La esperanza es luchar, agarrado a la cuerda, para llegar allá. En la lucha de todos los días, la esperanza es una virtud de horizonte, ¡no de encierro! Quizá sea la virtud que menos se entiende, pero es la más fuerte. La esperanza: vivir en esperanza, vivir de esperanza, siempre mirando adelante con valentía. Sí, padre —alguno podrá decirme—, pero hay momentos feos, donde todo parece oscuro, ¿qué debo hacer? Agárrate a la cuerda y aguanta.
A nadie se le regala nada en la vida, por el contrario, hay que tener valor para ir adelante y aguantar. Cristianos valientes, que muchas veces se equivocan, pero ¡todos nos equivocamos! Se equivoca el que va adelante, mientras que el que está quieto parece no equivocarse. Y cuando no se puede caminar porque todo está oscuro, todo está cerrado, hay que aguantar, tener constancia. Preguntémonos si somos cristianos encerrados o de horizonte, y si en los momentos feos somos capaces de aguantar conscientes de que la esperanza no defrauda, porque sé que Dios no defrauda. Hagámonos la pregunta: ¿cómo soy yo? ¿Cómo es mi vida de fe? ¿Es una vida de horizontes, de esperanza, de valentía, de ir adelante, o es una vida tibia que ni siquiera sabe aguantar los momentos feos? Que el Señor nos dé la gracia, como hemos pedido en la oración colecta, de negarnos a nosotros mismos, de superar nuestro egoísmo, porque los cristianos aparcados, los cristianos quietos, son egoístas. Sólo se miran a sí mismos, no saben alzar la cabeza para mirarle a Él. Que el Señor nos dé esa gracia.

lunes, 16 de enero de 2017

Claves útiles al hablar: ¿quién da más?



Seguro que conocéis lo de “los tres filtros” de Sócrates, un hombre que manejaba el discurso con brillantez, y otras claves útiles cuando lo que se plantea no es hablar de otro sino hablar con otro

Cuentan que alguien le comentó a Jacinto Benavente: −“Usted, don Jacinto, siempre habla bien de Valle-Inclán y en cambio él siempre habla mal de usted”. −“Tal vez los dos estemos equivocados”, respondió Benavente.
Si al escritor madrileño le concedieron el Nobel de Literatura, el filósofo Sócrates es también un referente universal como orador. Murió envenenado, pero no fue precisamente por morderse la lengua…

Seguro que conocéis lo de “los tres filtros” de Sócrates, un hombre que manejaba el discurso con brillantez: Hay TRES PREGUNTAS que debemos formular, o formularnos, ante la ocasión de HABLAR DE OTRO:

«Lo que quieres contar…

● ¿Tienes certeza de que es verdadero en todos sus extremos?
● ¿Es algo bueno para alguien?
● ¿Es necesario, útil, saberlo?
Se trata de no incurrir en lo que se conoce como “hablar por no callar”. O en riesgos mayores.
Más allá de los filtros socráticos, es interesante contar con otras CLAVES ÚTILES cuando lo que se plantea no es hablar de otro sino HABLAR CON OTRO.

Te menciono diez:
1. Antes de hablar, escucho. Debo prestar atención a quien se dirige a mí. Y a aquello que me quiere decir. Es una muestra de respeto y suele ser de utilidad. Se trata, además, de escuchar para comprender y no simplemente de escuchar para contestar.

2. Pienso antes de hablar. Es −nunca mejor dicho− razonable y sensato: no muevas la lengua sin antes haber “movido” la cabeza. En ocasiones hay que darle un par de vueltas…

3. Escucho más de lo que hablo. Recuerda: tenemos dos orejas y una boca. Y, cuando hablo con alguien, he de ser consciente de que más de una vez lo que tengo que decir… suele interesarme más a mí que a mi interlocutor. Además, el silencio “doméstica” el ego. Nunca viene mal…

4. He de ser oportuno: escoger bien la ocasión, el lugar, el modo adecuado… “Más vale una palabra a tiempo que cien a destiempo”, decía Cervantes.

5. Debo medir el tono y las formas. Elevar la voz, gesticular vehementemente, descalificar… no me da más la razón. ¿Por qué decir mal lo que puedo decir bien? Un comentario con respeto ¡cuánto puede ayudar! Si es hiriente ¡qué gran daño puede ocasionar! Observa la diferencia entre “bien-decir” y “mal-decir”; y sus efectos.

6. Debo expresarme de manera clara y sucinta. Cuando he de exponer algo, es importante ser diáfano y conciso y utilizar adecuadamente las palabras. No hay que irse por las ramas o “por los cerros de Úbeda”.

7. La empatía y la prudencia son esenciales. Intenta ponerte siempre “en los zapatos” de la otra persona. Y recuerda que “por la boca muere el pez” o −si lo prefieres− que “el hombre es esclavo de sus palabras y dueño de sus silencios”. Aunque nunca olvides que la prudencia no es ser timorato, sino distinguir lo bueno y lo malo y escoger lo primero. A veces, la prudencia exige hablar.

8. La discreción, una virtud. A pesar de que, en ocasiones, la tentación al chismorreo pueda ser grande… sé reservado. No siempre es fácil. Nos decía Hemingway que “se necesitan dos años para aprender a hablar… y sesenta para aprender a callar”.

9. Ser coherente es fundamental. Hay que predicar con el ejemplo. Tus palabras deben ser avaladas por tu conducta. El ejemplo arrastra… y la incoherencia es letal.

10. Habla sólo si eres capaz de mejorar el silencio. A veces no es fácil; hay silencios elocuentes.
Leí una vez que dicen que el silencio es oro… aunque la frase completa, a decir verdad, era: “Dicen que el silencio es oro… pero si tienes niños, ¿qué estarán tramando?”

domingo, 15 de enero de 2017

La Iglesia, en todos los tiempos, está llamada a hacer lo que hizo Juan Bautista, indicar a Jesús a la gente

 El Papa en el Ángelus


Queridos hermanos y hermanas,
En el centro del Evangelio de hoy (Jn 1, 29-34) está la palabra de Juan Bautista: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (v. 29). Una palabra acompañada por la mirada y el gesto de la mano que le señalan a Él, Jesús. Imaginamos la escena. Estamos en la orilla del río Jordán. Juan está bautizando; hay mucha gente, hombres y mujeres de distintas edades, venidos allí, al río, para recibir el bautismo de las manos de ese hombre que a muchos les recordaba a Elías, el gran profeta que nueve siglos antes había purificado a los israelitas de la idolatría y les había reconducido a la verdadera fe en el Dios de la alianza, el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob.
Juan predica que el reino de los cielos está cerca, que el Mesías va a manifestarse y es necesario prepararse, convertirse y comportarse con justicia; y se pone a bautizar en el Jordán para dar al pueblo un medio concreto de penitencia (cfr Mt 3,1-6). Esta gente venía para arrepentirse de sus pecados, para hacer penitencia, para comenzar de nuevo la vida. Él sabe, Juan sabe, que el Mesías, el Consagrado del Señor ya está cerca, y el signo para reconocerlo será que sobre Él se posará el Espíritu Santo; de hecho Él llevará el verdadero bautismo, el bautismo en el Espíritu Santo (cfr Jn 1,33).
Y el momento llega: Jesús se presenta en la orilla del río, en medio de la gente, de los pecadores –como todos nosotros–. Es su primer acto público, la primera cosa que hace cuando deja la casa de Nazaret, a los treinta años: baja a Judea, va al Jordán y se hace bautizar por Juan. Sabemos qué sucede –lo hemos celebrado el domingo pasado–: sobre Jesús baja el Espíritu Santo en forma de paloma y la voz del Padre lo proclama Hijo predilecto (cfr Mt 3,16-17). Es el signo que Juan esperaba. ¡Es Él! Jesús es el Mesías. Juan está desconcertado, porque se ha manifestado de una forma impensable: en medio de los pecadores, bautizado como ellos, es más, por ellos. Pero el Espíritu ilumina a Juan y le hace entender que así se cumple la justicia de Dios, se cumple su diseño de salvación: Jesús es el Mesías, el Rey de Israel, pero no con el poder de este mundo, sino como Cordero de Dios, que toma consigo y quita el pecado del mundo.
Así Juan lo indica a la gente y a sus discípulos. Porque Juan tenía un numeroso círculo de discípulos, que lo habían elegido como guía espiritual, y precisamente algunos de ellos se convertirán en los primeros discípulos de Jesús. Conocemos bien sus nombres: Simón, llamado después Pedro, su hermano Andrés, Santiago y su hermano Juan. Todos pescadores; todos galileos, como Jesús.
Queridos hermanos y hermanas, ¿por qué nos hemos parado mucho en esta escena? ¡Porque es decisiva! No es una anécdota, es un hecho histórico decisivo. Es decisiva por nuestra fe; es decisiva también por la misión de la Iglesia. La Iglesia, en todos los tiempos, está llamada a hacer lo que hizo Juan el Bautista, indicar a Jesús a la gente diciendo: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Él es un el único Salvador, Él es el Señor, humilde, en medio de los pecadores. Pero es Él. Él, no es otro poderoso que viene. No no. Él.
Y estas son las palabras que nosotros sacerdotes repetimos cada día, durante la misa, cuando presentamos al pueblo el pan y el vino convertidos en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Este gesto litúrgico representa toda la misión de la Iglesia, la cual no se anuncia a sí misma. Ay, ay cuando la Iglesia se anuncia a sí misma. Pierde la brújula, no sabe dónde va. La Iglesia anuncia a Cristo; no se lleva a sí misma, lleva a Cristo. Porque es Él y solo Él quien salva a su pueblo del pecado, lo libera y lo guía a la tierra de la vida y de la libertad.
La Virgen María, Madre del Cordero de Dios, nos ayude a creer en Él y a seguirlo.
Después del ángelus, el Santo Padre ha añadido:
Queridos hermanos y hermanas,
hoy se celebra la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, dedicada al tema “Menores migrantes, vulnerables y sin voz”. Estos nuestros hermanos pequeños, especialmente si no están acompañados, están expuestos a muchos peligros. Y os digo, ¡hay muchos! Es necesario adoptar toda medida posible para garantizar a los menores migrantes la protección y la defensa, como también su integración.
Dirijo un saludo especial a la representación de distintas comunidades étnicas aquí reunidas, en particular a las católicas de Roma. Queridos amigos, os deseo vivir serenamente en las localidades que os acogen, respetando las leyes y las traiciones y, al mismo tiempo, cuidando los valores de vuestras culturas de origen. ¡El encuentro de varias culturas es siempre un enriquecimiento para todos! Doy las gracias a la oficina Migrantes de la diócesis de Roma y a los que trabajan con los migrantes para acogerlos y acompañarlos en sus dificultades, y animo a continuar esta obra, recordando el ejemplo de santa Francisca Javier Cabrini, patrona de los migrantes, de la que este año se celebra el centenario de la muerte. Esta religiosa valiente dedicó su vida a llevar el amor de Cristo a los que estaban lejos de la patria y de la familia. Su testimonio nos ayude a cuidar del hermano forastero, en el cual está presente Jesús, a menudo que sufre, es rechazado y humillado. Cuántas veces en la Biblia el Señor no ha pedido acoger migrantes y forasteros, recordándonos que también nosotros somos forasteros.
Saludo con afecto a todos vosotros, queridos fieles procedente de distintas parroquias de Italia y de otros países, como también a las asociaciones y a los distintos grupos. En particular, los estudiantes del Instituto Meléndez Valdés de Villafranca de los Barros, España.
A todos os deseo un feliz domingo y buen almuerzo. Y nos os olvidéis de rezar por mí. ¡Hasta pronto!

El Papa advierte que los chismorreos destruyen una parroquia

 Rocio Lancho


El papa Francisco ha retomado este domingo las visitas pastorales a las parroquias de Roma, que fueron suspendidas durante el Año Jubilar. Hoy ha recibido al Santo Padre la parroquia de Santa María en Setteville, a las afueras de la ciudad.
En la homilía de la misa, el Santo Padre ha reflexionado sobre qué significa ser “testigos”, haciendo referencia a la lectura del día, que presenta a Juan Bautista en el momento en el que da testimonio de Jesús.
De este modo, el Papa ha recordado que hay muchos cristianos que confiesan que Jesús es Dios, hay muchos sacerdotes que confiesan que Jesús es Dios, muchos obispos…. Pero “¿todos dan testimonio de Jesús? ¿o ser cristiano es como un modo de vivir? ¿es como ser hincha de un equipo? ¿o como tener una filosofía?”, ha invitado a reflexionar.  El Pontífice ha subrayado que “ser cristiano, en primer lugar, es dar testimonio de Jesús”.
Y esto es lo que han hecho los apóstoles. “Dieron testimonio de Jesús”. En esta línea, ha observado que los apóstoles “no habían hecho un curso para ser testigos”, “no habían estudiado”, “no habían ido a la universidad”. Sintieron el Espíritu y fueron fieles a su inspiración. El Papa ha asegurado que eran pecadores, envidiosos, tenían celos entre ellos, eran traidores. Pedro, el primer Papa, traicionó a Jesús, ha insistido Francisco.
Pero –ha añadido–son testigos porque son “testigos de la salvación que Jesús lleva”. Todos “se han convertido”, “se han dejado salvar”. Al respecto, el Santo Padre ha querido subrayar que “ser testigo no significa ser santo”.
Finalmente, ha explicado que los apóstoles hubo un pecado que no tuvieron: no eran chismosos, no hablaban mal unos de otros, no se desplumaban. Por esta razón, ha asegurado que una comunidad, una parroquia donde hay chismorreos, “es incapaz de dar testimonio”. ¿Queréis una parroquia perfecta? “Nada de chismes”, ha pedido el Obispo de Roma. Lo que destruye a una comunidad  –ha precisado– son los chismorreos.
Antes de celebrar la misa, el Pontífice ha saludado al vice párroco, don Giuseppe Berardino, de 50 años, gravemente enfermo de esclerosis lateral amiotrófica desde hace más de dos años. Además, ha estado durante más de media hora con los niños y jóvenes de catequesis. Entre ellos, muchos jóvenes que ya han hecho la confirmación y un grupo de Scouts. Algunos, de forma espontánea, han realizado algunas preguntas al Papa. El Santo Padre también ha saludado a 45 niños, todos bautizados durante el 2016, acompañados de sus padres. A continuación, ha tenido lugar un encuentro con un centenar de fieles que ayudan al párroco en la obra pastoral. El Pontífice les ha dado varios consejos, deteniéndose especialmente en la “importancia de la misión”. Finalmente, tras saludar a los sacerdotes y seminaristas, el Papa ha ido a la sacristía y ha confesado a cuatro personas: una pareja joven que cuida del vice párroco, un joven de post-confirmación y el padre de un niño enfermo.

viernes, 13 de enero de 2017

Riesgos del Testigo

II Domingo Ordinario

Isaías 49, 3.5-6: “Te hago luz de las naciones para que todos vean mi salvación”
Salmo 39: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”
Corintios 1, 1-3: “A todos ustedes Dios los santificó en Cristo Jesús y son su pueblo santo”
San Juan 1, 29-34: “Éste es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo”

Me siento culpable. Me mata el remordimiento, aunque después me calmo y trato de tranquilizarme diciendo que yo no tuve la culpa y no podía hacer nada”. En este ambiente de injusticia, de corrupción y de violencia, muchos de nuestros pueblos buscan hacer justicia por su propia mano, pero en el anonimato y el enardecimiento se han cometido graves crímenes contra personas inocentes. Así sucedió en uno de nuestros pueblos. Acusaron a un joven de ladrón, se exaltaron los ánimos y terminaron linchándolo. Nadie ha sido acusado como culpable y todos lo son. Con nubes de olvido y falsas justificaciones se trata de borrar el acontecimiento pero queda el dolor, surgen los remordimientos. “Quizás yo pude hacer algo, pero todos gritaban, insultaban y nadie hacía caso. La gente está muy enojada por todas las mentiras y las injusticias y busca revanchas y desquites. Si decía algo, también a mí me linchaban. Era muy peligroso defenderlo aunque yo sabía que no era culpable”, me dice uno de los testigos. Es la realidad: ¡Es peligroso ser testigo de la verdad!
El creyente ante todo es testigo del amor de Dios. Un testigo que lleva luz, que se compromete, que se arriesga y que se dona plenamente. Desde muy distintos ángulos, las tres lecturas bíblicas de este domingo se centran en el testimonio. El profeta Isaías nos presenta a Dios dando testimonio sobre su Siervo, a quien presenta como “luz para todas las naciones” y portador de la salvación universal (Is 49, 3-6). Pablo se autoproclama “apóstol de Jesucristo”, testigo, cuando inicia su carta a la ciudad de Corinto; y Juan el Bautista nos ofrece su espléndido testimonio sobre Jesús como “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, como el Ungido por el Espíritu Santo y como el Hijo de Dios. ¿Ser testigo es solamente decir unas cuantas palabras sobre alguien? No, va mucho más allá y quizás en eso estemos fallando nosotros los cristianos: somos bautizados, estamos en algunas celebraciones, llevamos un nombre cristiano, pero no somos testigos de Jesús. El sentido bíblico del testigo no se queda en palabras de presentación o reconocimiento, comporta vivir una experiencia de encuentro con Dios, transformar la propia vida y después, solamente después, transmitir esa experiencia, más con la vida que con las palabras. La fe en Jesucristo se inserta en el corazón y nos empuja a un compromiso concreto con los demás.
Cuando Juan nos presenta a Jesús y da su testimonio sobre “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, no solamente nos ofrece una bella y profunda declaración. Es el reconocimiento de Cristo en una de sus más profundas y fuertes presentaciones. Desde la liberación del pueblo israelita de la esclavitud de Egipto, el Cordero se convierte en un símbolo de liberación, como la sangre que salva y libera; pero la misma imagen también implica el sentido de cargar los pecados y responsabilidades del pueblo. Así el Cordero es el que carga los pecados, el que vence al pecado, el que se hace pecado y da la verdadera libertad. Juan el Bautista lo intuye en su interior y se arriesga a dar testimonio. No se trata simplemente de declarar, se trata de ser testigo, y “el más grande de los profetas” da un testimonio y lleva hasta las últimas consecuencias esta declaración: denuncia el pecado, busca liberar del pecado, sin importar las consecuencias. El gran pecado de los creyentes de ahora, es que nos conformamos con “profesar” una fe pero no la llevamos a los compromisos y consecuencias. Hemos encontrado una rara manera de hacer compatibles la fe y las estructuras de pecado.
Con frecuencia nos hemos olvidado de algo que es medular en el Evangelio de Jesús. El pecado no es solamente algo que debe ser perdonado, sino algo que debe “ser quitado” y arrancado de nuestra sociedad. Jesús se nos presenta como alguien que quita el pecado del mundo. Alguien que no solamente ofrece el perdón, sino también la posibilidad de vencer el pecado, la injusticia y el mal que se apodera de los seres humanos. Es quitar toda estructura de pecado y de injusticia. Creer en Jesús no sólo consiste en abrirse al perdón de Dios. Ser testigo de Jesús es comprometerse en su lucha y su esfuerzo por quitar el pecado que domina a hombres y mujeres, y todas sus desastrosas consecuencias.
Con gran escándalo podemos comprobar la terrible incongruencia de países y continentes cristianos pero llenos de injusticias, miseria y corrupción. Ser verdaderos testigos de Jesús no puede quedar restringido a unas prácticas piadosas, se manifiesta en la vida cotidiana, en el compromiso político, en la lucha contra las estructuras de muerte. Sobre todo nos exige que seamos testigos en nuestro compromiso con los más pobres, sólo así seremos testigos de Jesús ya que siempre lo encontramos de un modo especial en los pobres, afligidos y enfermos… Por eso declara el Papa Francisco: “Es indispensable prestar atención para estar cerca de nuevas formas de pobreza y fragilidad donde estamos llamados a reconocer a Cristo sufriente, aunque eso aparentemente no nos aporte beneficios tangibles e inmediatos… ¿Dónde está tu hermano esclavo? No nos hagamos los distraídos. Hay mucho de complicidad en cada situación injusta, en el silencio cómplice… ¡La pregunta es para todos! En nuestras ciudades está instalado este crimen mafioso y aberrante, y muchos tienen las manos preñadas de sangre debido a la complicidad cómoda y muda” (EG). Ser testigo comporta riesgos que debemos asumir con valentía y verdad.
Este día es una muy buena ocasión para reflexionar, no solamente sobre el pecado personal que queda en la conciencia de cada individuo, tendremos que tomar conciencia también del pecado estructural que invade y destruye nuestra sociedad. Nuestra adhesión a Jesús nos debe llevar a ser testigos comprometidos en la construcción de su Reino, de la misma forma que Juan el Bautista que se convierte en profeta de la justicia. Ojalá nos cuestionemos y no nos acomodemos a un mundo de injusticia y de desprecio por los más débiles.
¿Cómo somos testigos de Jesús en el mundo? ¿A qué nos compromete el encuentro con Jesús en cada una de nuestras celebraciones, sacramentos o reuniones? ¿Cómo descubrimos a Jesús en los más pobres y cómo nos compartimos con Él?
Padre Bueno y Misericordioso, que con amor gobiernas los cielos y la tierra, escucha paternalmente las súplicas de tu pueblo y concédenos la gracia de ser testigos de un Reino posible en medio de nosotros: un reino de Justicia y de Paz. Amén.