viernes, 15 de diciembre de 2017

Ética y cerebro

Cuando trato de ayudar a una persona a que se comporte de manera moralmente correcta, debo tener en cuenta sus circunstancias, también fisiológicas
Hace años leí que los estudios sobre el cerebro humano se desarrollaron mucho a propósito de un accidente que, me parece, ocurrió en Estados Unidos. Un hombre cariñoso, amable, buen vecino, cooperativo, siempre dispuesto a ayudar, trabajaba de guardabarreras −o sea, cuidaba de que el cruce de una carretera con el ferrocarril se cortase cuando estaba a punto de llegar un tren. Un día sufrió un accidente: un tren le golpeó y la produjo lesiones importantes en el cerebro. No perdió la vida, y pudo seguir haciendo vida casi normal, pero se convirtió en una persona malhumorada, malcarada, peleona, violenta… ¡Gran descubrimiento! Como los médicos sabían qué parte del cerebro había sido afectada por el accidente, acababan de aprender en qué parte del cerebro se sitúan esos componentes del carácter de una persona.
Y esto tiene importancia sobre la conducta, también ética, de la persona. ¿Quiere esto decir que la ética radica en el cerebro? No: las decisiones siguen siendo cuestiones de razón y voluntad, pero las decisiones se ven condicionadas por factores, en este caso, biológicos o fisiológicos. Y también, claro está, por otros factores: si estoy deprimido, si me muevo en un ambiente peligroso o dañino, si carezco de fuerzas porque estoy enfermo o porque no como…
¿Quiere esto decir que la ética depende de las circunstancias? La ética normativa, no: hay que hacer el bien y evitar el mal, y punto. Pero cuando intento entender a la personaque actúa, he de tener en cuenta esos factores. Y, muy importante, cuando trato de ayudar a esa persona a que se comporte de manera moralmente correcta, debo tener en cuenta sus circunstancias, también fisiológicas.
Y aún hay otra conclusión: si las decisiones de las personas crean hábitos, esos hábitos radicarán en algún lugar del cerebro (perdón si digo alguna tontería científica), y los cambios en el cerebro sostendrán o reforzarán la conducta: los hábitos deben tener un sustrato fisiológico; sobre esto escribí hace poco (ver aquí). O sea, los hábitos las virtudes tienen consecuencias físicas que no podemos ignorar. ¿O estoy diciendo una herejía?

Infancia espiritual

El Papa ayer en Santa Marta


 El salmo responsorial recoge unas palabras que nos consuelan: “El Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas”. Y la imagen presentada por Isaías es la de un Dios que habla con nosotros como un padre con su hijo, alterando su voz para hacerla lo más parecida posible a la suya. Y antes de todo, le da seguridad, acariciándolo: “No temas, Yo mismo te auxilio”.
Parece que nuestro Dios quiera cantarnos una nana. Nuestro Dios es capaz de eso. Su ternura es así: es padre y madre. Tantas veces dijo: “Aunque una madre se olvidare del hijo, Yo no te olvidaré”. Nos lleva en sus entrañas. Es el Dios que con este diálogo se hace pequeño para hacernos entender, para hacer que tengamos confianza en Él y podamos decirle, con el valor de Pablo, que cambia la palabra y dice: “Papá, Abbà”. Papá… Es la ternura de Dios.
Es cierto que a veces Dios nos pega. Él es el grande, pero con su ternura se acerca a nosotros y nos salva. Y eso es un misterio y una de las cosas más hermosas. Es el Dios grande que se hace pequeño y, en su pequeñez, no deja de ser grande. Y en esta dialéctica grande es pequeño: está la ternura de Dios. El grande que se hace pequeño y lo pequeño que es grande. La Navidad nos ayuda a entender esto: en aquel pesebre… el Dios pequeño. Me viene a la cabeza una frase de Santo Tomás, en la primera parte de la Suma. Queriendo explicar esto: “¿Qué es divino? ¿Qué es lo más divino?”, dice: “Non coerceri a maximo contineri tamen a minimo divinum est”, o sea, no asustarse de las cosas grandes, sino tener en cuento las cosas pequeñas. Eso es divino, las dos cosas juntas.
Dios no solo nos ayuda, sino que hace también promesas de alegría, de una gran cosecha, para ayudarnos a ir adelante. Dios que no solo es padre, sino que es papá. ¿Yo soy capaz de hablar con el Señor así o tengo miedo? Que responda cada uno. Pero alguno puede decir, puede preguntar: ¿Y cuál es el lugar teológico de la ternura de Dios? ¿Dónde se puede encontrar bien esa ternura de Dios? ¿Cuál es el lugar donde se manifiesta mejor la ternura de Dios? La llaga. Mis llagas, tus llagas, cuando se encuentra mi llaga con su llaga. “En sus llagas fuimos curados”.
Recordemos la parábola del Buen Samaritano: allí uno se inclinó sobre el hombre asaltado por los bandidos y lo socorrió limpiando sus heridas y pagando por su curación. Ahí está el lugar teológico de la ternura de Dios: nuestras llagas. Pensemos durante la jornada en la invitación del Señor: “Venga, venga: hazme ver tus llagas. Yo quiero curarlas”.

jueves, 14 de diciembre de 2017

"Si no fuera por la Virgen de Guadalupe..."


Mons. Felipe Arizmendi Esquivel

La Virgen se apareció en México hace 486 años


VER
En México, con cerca de 120 millones de habitantes, el 83.9% se declara católico, según el censo oficial del año 2010. Hubo un descenso de católicos, pues en el año 2000, éramos el 88.22%. Disminuimos 4.32%.
En Chiapas, con 5 millones actuales, la pertenencia a la religión católica ha ido descendiendo en forma progresiva. De 1970 a 1980, dejaron el catolicismo el 14.3% de la población. De 1980 a 1990, el 9.3%. De 1990 al 2000, el 3.44%. Del 2000 al 2010, volvió a subir al 5.86%. Hoy, nuestro Estado registra el más bajo porcentaje de católicos; somos sólo el 58.30%. Los grupos evangélicos o protestantes, de muy diversas denominaciones y con muchas fracturas internas, aumentaron sólo en un 4.76%; son el 27.35%. No todos los que dejaron de ser católicos se pasaron al protestantismo. Lo más preocupante es el alto número de personas que se declaran “sin religión”; son el 12.10% de la población. También tenemos pequeños grupos de musulmanes, judíos y algún budista, más agnósticos e indiferentes, y hasta anarquistas de profesión.
Esto se debe a múltiples factores, que no es el momento de analizar. Pero sería mucho menos el porcentaje de católicos, si no fuera por lo que significa para la mayoría el hecho guadalupano. La Virgen de Guadalupe significa tanto, por su amor, su cercanía, su inculturación, sus detalles tan tiernos y maternales, que aunque muchos se alejan de la estructura eclesial, no pierden su devoción hacia ella. Esto les mantiene en el catolicismo.
En estos días de sus fiestas, no son cientos ni miles, sino millones que visitan sus santuarios y le expresan de mil formas su amor. Llama la atención la serenata que le brindan importantes artistas en su Basílica. En el sur del país, las llamadas “antorchas” son un fenómeno creciente y elocuente. Miles de jóvenes, también algunos niños y adultos, recorren largas distancias, en relevos, con una llama encendida y con muchos símbolos guadalupanos. De Chiapas, algunos van no sólo a la Ciudad de México, para desde allí venirse en peregrinación, sino que van hasta el Cerro del Cubilete, a Juquila, Oaxaca, a Mérida, Yucatán, y a diversos lugares. Algunos lo hacen descalzos, por devoción. También lo hacen en bicicletas, en motos y en otros transportes. Algunos peregrinan toda la noche, o en la madrugada, a pesar del frío. Me llaman la atención las antorchas chamulas. Vi a varias mujeres, con su ropa tradicional, corriendo gozosas hasta llegar a su paraje. En algunas comunidades, alquilaron trailers, porque son muchos los antorchistas, y les sirven para guardar su equipaje y dormir. Son estas expresiones guadalupanas las que han ido abriendo el camino de la evangelización, pues por todas partes hay ermitas dedicadas a la Virgen, cuando antes no se podían edificar capillas fuera de la cabecera municipal. Ella abre los corazones, y a partir de esta devoción, llegan la Palabra de Dios y los sacramentos. Critican esto los que todo lo observan desde la comodidad de su casa, pero no son capaces del más pequeño sacrificio para expresar públicamente su fe.
PENSAR
El Papa Francisco, el 12 de diciembre de 2016, dijo en la celebración que realizó en la Basílica de San Pedro: “Celebrar a María es, en primer lugar, hacer memoria de la madre, hacer memoria de que no somos ni seremos nunca un pueblo huérfano. ¡Tenemos Madre! Y donde está la madre, hay siempre presencia y sabor a hogar. Donde está la madre, los hermanos se podrán pelear, pero siempre triunfará el sentido de unidad. Donde está la madre, no faltará la lucha a favor de la fraternidad.
Celebrar la memoria de María es afirmar contra todo pronóstico que en el corazón y en la vida de nuestros pueblos late un fuerte sentido de esperanza, no obstante las condiciones de vida que parecen ofuscar toda esperanza. Al igual que Juan Diego, sabemos que aquí está nuestra madre, sabemos que estamos bajo su sombra y su resguardo, que es la fuente de nuestra alegría, que estamos en el cruce de sus brazos”.
ACTUAR
A partir de esta piedad guadalupana, anunciemos el misterio de Jesucristo, en que encuentran su raíz y culmen la vida y la acción de María. Y que este gran río humano de peregrinos desemboque en la construcción del México justo y fraterno que Jesús y su Madre desean. Y a quienes menosprecian estas manifestaciones populares, sólo les recomiendo que se acerquen a las personas y conozcan el fondo de su corazón.

50 años de la Fundación ‘Populorum Progressio

El Papa felicita a los miembros de la institución

Las iniciativas que este organismo lleva a cabo quieren ser “una manifestación del amor de Dios y de la presencia maternal de la Iglesia en medio de todos los hombres, particularmente de los más pobres entre los pobres” (cf. Lc7,22), añade el Papa argentino.
El Papa Francisco ha felicitado los 50 años de la creación de la Fundación Populorum Progressio al Cardenal Peter K. A. Turkson, Prefecto del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral y Presidente de la Fundación, y a todos los miembros del Consejo de Administración de dicha institución, a sus colaboradores y a todos los que se reúnen para celebrar este evento en Roma.
La Fundación nació para ser “un signo de la cercanía del Papa y de la Iglesia con todos, especialmente con las comunidades que quedan marginadas y a las que considera descartables, privadas de derechos humanos básicos y de la participación en la mesa del bien común”, como sucede lamentablemente con los pueblos autóctonos, mestizos y afroamericanos en América Latina, ha explicado el Papa: “La Iglesia está llamada a ser cercana y tocar en el prójimo la carne de Cristo, que es también la medida del juicio de Cristo” (cf. Mt 25).
La Fundación, a pesar de los medios limitados de que dispone, “encarna en sus proyectos la opción preferencial por los más pobres”, resaltando su “dignidad” (cf. Carta enc. Laudato si’, 158), a través del testimonio de la caridad de Cristo que se hace ayuda, mano tendida al hermano y a la hermana para que se levanten, vuelvan a esperar y a vivir una vida digna, ha anotado el Papa.
“Sólo de este modo podrán volver a ser protagonistas de su propio desarrollo humano integral, recobrando su dignidad de seres humanos amados y deseados por Dios, para poder también contribuir al progreso económico y social de su país con toda la riqueza que albergan en sus corazones y en su cultura”, afirma Francisco.
Y este desarrollo humano será obra de todos –apunta el Papa– porque será fruto de un “esfuerzo común” que, a través de los medios proporcionados con tanta generosidad por las comunidades eclesiales, convierte el descarte en un auténtico recurso, no sólo para un país sino también para beneficio de toda la humanidad.
4.400 proyectos
Desde su creación, la Fundación ha apoyado alrededor de 4.400 proyectos, gracias a la generosidad de tantos católicos y hombres de buena voluntad que han dado generosamente lo que tenían para que otros pudieran mejorar sus condiciones de vida, describe el Papa Francisco en su mensaje.
Es importante mencionar cómo las Iglesias particulares de América Latina participan en la realización de los proyectos y en el Consejo de Administración, formado por seis Ordinarios de la región, y que lleva a cabo el estudio de las iniciativas presentadas por los Obispos y los responsables pastorales.
Sin embargo –continúa el Santo Padre– “la situación de Latinoamérica requiere un compromiso más firme” a fin de mejorar las condiciones de vida de todos, sin excluir a nadie, luchando asimismo contra las injusticias y la corrupción, para conseguir obtener el mejor resultado de los esfuerzos desplegados.
“Dios dinero”
Efectivamente –indica Francisco– a pesar de las potencialidades de los países latinoamericanos —habitados por gentes solidarias con los demás y que cuentan con una gran riqueza desde el punto de vista de la historia y de la cultura, así como de recursos naturales—, la crisis económica y social actual, empeorada por el flagelo de la deuda externa que paraliza el desarrollo, ha afectado a la población y ha incrementado la pobreza, el desempleo y la desigualdad social, al mismo tiempo que ha contribuido a la explotación y el abuso de nuestra casa común, a un nivel que nunca antes hubiéramos imaginado.
“Cuando un sistema económico pone en el centro sólo el dios dinero se desencadenan políticas de exclusión y ya no hay lugar para el hombre ni para la mujer. El ser humano, entonces, crea esa cultura del descarte que conlleva sufrimiento, privando a tantos del derecho a vivir y a ser felices” (cf. Carta enc. Laudato si’, 44), declara el Pontífice.
Sínodo de los Obispos para la región panamazónica
La Fundación, que financia muchos proyectos en favor de los pueblos nativos, podrá encontrar en la Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para la región panamazónica, que tendrá lugar en Roma en el mes de octubre de 2019, una fuente de inspiración para el futuro y la evangelización del Continente, ha detallado Su Santidad el Papa Francisco.
“Para que la colaboración entre todos contribuya a crear un mundo cada vez más justo y más humano, que vea el rostro de Cristo en cada hermano y hermana de las poblaciones más marginadas de Latinoamérica, siguiendo el ejemplo que nos dejó santa Teresa de Calcuta”, ha exhortado Francisco.
El Papa alienta a los miembros de la Fundación “en su labor en favor del desarrollo humano integral y del bien común en nuestro continente americano” y encomienda las celebraciones de este aniversario “a la materna intercesión de la Virgen de Guadalupe, venerada en todo el Continente, y que el Señor bendiga a los miembros de la Fundación y a sus bienhechores”, ha señalado.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

“¿Por qué ir a misa los domingos?”

El Papa en la Audiencia General

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Reanudando el camino de la catequesis sobre la misa, hoy nos preguntamos: ¿Por qué ir a misa los domingos?
La celebración dominical de la Eucaristía tiene un papel principalísimo en la vida de la Iglesia (véase Catecismo de la Iglesia Católica, n.° 2177). Los cristianos vamos a misa los domingos para encontrarnos con el Señor resucitado, o mejor para dejar que Él nos encuentre, para escuchar su palabra, alimentarnos  en su mesa y así convertirnos en Iglesia, es decir, en su Cuerpo místico viviente hoy en el mundo.
Lo entendieron desde el primer momento los discípulos de Jesús, que celebraban el encuentro eucarístico con el Señor el día de la semana que los judíos llamaban “el primero de la semana” y los romanos el “día del sol”, porque ese día Jesús resucitó de entre los muertos y se apareció a sus discípulos, hablando con ellos, comiendo con ellos, dándoles el Espíritu Santo (cf. Mt 28,1; Mc 16,9.14; Lc 24,1.13; Jn 20,1.19). También la gran efusión del Espíritu en Pentecostés ocurrió un domingo, el quincuagésimo día después de la resurrección de Jesús. Por estas razones, el domingo es un día sagrado para nosotros, santificado por la celebración eucarística, la presencia viva del Señor entre nosotros y por nosotros. Por lo tanto ¡es la Misa lo que hacecristiano el domingo ! ¿Qué domingo es, para un cristiano, ese en el que falta el encuentro con el Señor?
Hay comunidades cristianas que, desgraciadamente, no pueden disfrutar de la misa todos los domingos; sin embargo, también ellas, en este día sagrado, están llamadas a recogerse en oración en el nombre del Señor, escuchando la Palabra de Dios y manteniendo vivo el deseo de la Eucaristía.
Algunas sociedades secularizadas han perdido el significado cristiano del domingo iluminado por la Eucaristía. ¡Es una pena! En estos contextos, es necesario reavivar esta conciencia, para recuperar el sentido de la fiesta, el sentido de la alegría, de la comunidad parroquial, de  la solidaridad, del reposo  que descansa el alma y el cuerpo (Catecismo cfr de la Iglesia Católica, nn. 2177-2188). De todos estos valores es maestra la Eucaristía, domingo tras domingo. Por eso el Concilio Vaticano II reiteró  que “es la fiesta primordial, que debe presentarse e inculcarse a la piedad de los fieles, de modo que sea también día de alegría y de liberación del trabajo”. (Const. Sacrosanctum Concilium, 106).
La liberación dominical del trabajo no existía en los primeros siglos: es una aportación específica del cristianismo. Según la tradición bíblica, los judíos descansan el sábado, mientras que en la sociedad romana no estaba previsto  un día semanal de liberación del trabajo servil. Fue el sentido cristiano de vivir como hijos y no como esclavos, animados por la Eucaristía, lo que hizo del domingo, casi universalmente, el día de descanso.
Sin Cristo estamos condenados a ser dominados por la fatiga de la vida cotidiana, con sus preocupaciones, y del miedo al mañana. El encuentro  dominical con el Señor nos da la fuerza de vivir el presente con confianza y coraje y de avanzar con esperanza. Por eso, los cristianos vamos a encontrar al Señor el domingo, en la celebración eucarística.
La comunión eucarística con Jesús, resucitado y viviente en eterno, anticipa el domingo sin ocaso, cuando ya no habrá más fatiga, ni dolor, ni dolor ni lágrimas, sino solo la alegría de vivir plenamente y para siempre con el Señor. También de este bendito reposo nos habla la misa dominical, enseñándonos, mientras fluye la semana, a confiarnos a las manos del Padre que está en el cielo.
¿Qué podemos responder a los que dicen que no hay necesidad de ir a misa, ni siquiera los domingos, porque lo importante es vivir bien, amar al prójimo? Es cierto que la calidad de la vida cristiana se mide por la capacidad de amar, como dijo Jesús: “Por esto sabrán todos que sois mis discípulos: si os amáis los unos a los otros” (Jn 13, 35). Pero ¿cómo podemos practicar el Evangelio sin sacar la energía necesaria para hacerlo, un domingo tras otro, de la fuente inagotable de la Eucaristía? No vamos a Misa para darle algo a Dios, sino para recibir de Él lo que realmente necesitamos. Lo recuerda la oración de la Iglesia, que así se dirige a Dios: “Pues aunque no necesitas nuestra alabanza, ni nuestras bendiciones te enriquecen, tú inspiras y haces tuya nuestra acción de gracias, para que nos sirva de salvación” (Misal Romano, Prefacio común IV).
En conclusión, ¿por qué ir a misa los domingos? No es suficiente responder que es un precepto de la Iglesia; esto ayuda a defender su valor, pero no es suficiente por sí solo. Los cristianos necesitamos participar en la misa dominical porque solo con la gracia de Jesús, con su presencia viva en nosotros y entre nosotros, podemos poner en práctica sus mandamientos y ser así sus testigos creíbles.

martes, 12 de diciembre de 2017

Mater Ecclesiae: «Ahí tienes a tu hijo... Ahí tienes a tu madre. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa»


Mensaje del Papa para la XXVI Jornada Mundial del Enfermo, que se celebra el 11 de Febrero de 2018

Queridos hermanos y hermanas:
La Iglesia debe servir siempre a los enfermos y a los que cuidan de ellos con renovado vigor, en fidelidad al mandato del Señor (cfr. Lc 9,2-6; Mt 10,1-8; Mc 6,7-13), siguiendo el ejemplo muy elocuente de su Fundador y Maestro.
Este año, el tema de la Jornada del Enfermo se inspira en las palabras que Jesús, desde la cruz, dirige a su madre María y a Juan: «Ahí tienes a tu hijo... Ahí tienes a tu madre. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa» (Jn 19,26-27).
1. Estas palabras del Señor iluminan profundamente el misterio de la Cruz. Esta no representa una tragedia sin esperanza, sino que es el lugar donde Jesús muestra su gloria y deja sus últimas voluntades de amor, que se convierten en las reglas constitutivas de la comunidad cristiana y de la vida de todo discípulo.
En primer lugar, las palabras de Jesús son el origen de la vocación materna de María hacia la humanidad entera. Ella será la madre de los discípulos de su Hijo y cuidará de ellos y de su camino. Y sabemos que el cuidado materno de un hijo o de una hija incluye todos los aspectos de su educación, tanto los materiales como los espirituales.
El dolor indescriptible de la cruz traspasa el alma de María (cfr. Lc 2,35), pero no la paraliza. Al contrario, como Madre del Señor comienza para ella un nuevo camino de entrega. En la cruz, Jesús se preocupa por la Iglesia y por la humanidad entera, y María está llamada a compartir esa misma preocupación. Los Hechos de los Apóstoles, al describir la gran efusión del Espíritu Santo en Pentecostés, nos muestran que María comenzó su misión en la primera comunidad de la Iglesia. Una tarea que no se acaba nunca.
2. El discípulo Juan, el discípulo amado, representa a la Iglesia, pueblo mesiánico. Él debe reconocer a María como su propia madre. Y al reconocerla, está llamado a acogerla, a contemplar en ella el modelo del discipulado y también la vocación materna que Jesús le ha confiado, con las inquietudes y los planes que conlleva: la Madre que ama y genera a hijos capaces de amar según el mandato de Jesús. Por lo tanto, la vocación materna de María, la vocación de cuidar a sus hijos, se transmite a Juan y a toda la Iglesia. Toda la comunidad de los discípulos está involucrada en la vocación materna de María.
3. Juan, como discípulo que lo compartió todo con Jesús, sabe que el Maestro quiere conducir a todos los hombres al encuentro con el Padre. Nos enseña cómo Jesús encontró a muchas personas enfermas en el espíritu, porque estaban llenas de orgullo (cfr. Jn 8,31-39) y enfermas en el cuerpo (cfr. Jn 5,6). A todas les dio misericordia y perdón, y a los enfermos también curación física, un signo de la vida abundante del Reino, donde se enjuga cada lágrima. Al igual que María, los discípulos están llamados a cuidar unos de otros, pero no exclusivamente. Saben que el corazón de Jesús está abierto a todos, sin excepción. Hay que proclamar el Evangelio del Reino a todos, y la caridad de los cristianos se ha de dirigir a todos los necesitados, simplemente porque son personas, hijos de Dios.
4. Esta vocación materna de la Iglesia hacia los necesitados y los enfermos se ha concretado, en su historia bimilenaria, en una rica serie de iniciativas en favor de los enfermos. Esta historia de dedicación no se debe olvidar. Continúa hoy en todo el mundo. En los países donde existen sistemas sanitarios públicos y adecuados, el trabajo de las congregaciones católicas, de las diócesis y de sus hospitales, además de proporcionar una atención médica de calidad, trata de poner a la persona humana en el centro del proceso terapéutico y de realizar la investigación científica en el respeto de la vida y de los valores morales cristianos. En los países donde los sistemas sanitarios son inadecuados o inexistentes, la Iglesia trabaja para ofrecer a la gente la mejor atención sanitaria posible, para eliminar la mortalidad infantil y erradicar algunas enfermedades generalizadas. En todas partes trata de cuidar, incluso cuando no puede sanar. La imagen de la Iglesia como un «hospital de campaña», que acoge a todos los heridos por la vida, es una realidad muy concreta, porque en algunas partes del mundo, sólo los hospitales de los misioneros y las diócesis brindan la atención necesaria a la población.
5. La memoria de la larga historia de servicio a los enfermos es motivo de alegría para la comunidad cristiana y especialmente para aquellos que realizan ese servicio en la actualidad. Sin embargo, hace falta mirar al pasado sobre todo para dejarse enriquecer por el mismo. De él debemos aprender: la generosidad hasta el sacrificio total de muchos fundadores de institutos al servicio de los enfermos; la creatividad, impulsada por la caridad, de muchas iniciativas emprendidas a lo largo de los siglos; el compromiso en la investigación científica, para proporcionar a los enfermos una atención innovadora y fiable. Este legado del pasado ayuda a proyectar bien el futuro. Por ejemplo, ayuda a preservar los hospitales católicos del riesgo del «empresarialismo», que en todo el mundo intenta que la atención médica caiga en el ámbito del mercado y termine descartando a los pobres.
La inteligencia organizacional y la caridad requieren más bien que se respete a la persona enferma en su dignidad y se la ponga siempre en el centro del proceso de la curación. Estas deben ser las orientaciones también de los cristianos que trabajan en las estructuras públicas y que, por su servicio, están llamados a dar un buen testimonio del Evangelio.
6. Jesús entregó a la Iglesia su poder de curar: «A los que crean, les acompañarán estos signos: […] impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos» (Mc 16,17-18). En los Hechos de los Apóstoles, leemos la descripción de las curaciones realizadas por Pedro (cfr. Hch 3,4-8) y Pablo (cfr. Hch 14,8-11). La tarea de la Iglesia, que sabe que debe mirar a los enfermos con la misma mirada llena de ternura y compasión que su Señor, responde a este don de Jesús. La pastoral de la salud sigue siendo, y siempre será, una misión necesaria y esencial que hay que vivir con renovado ímpetu tanto en las comunidades parroquiales como en los centros de atención más excelentes. No podemos olvidar la ternura y la perseverancia con las que muchas familias acompañan a sus hijos, padres y familiares, enfermos crónicos o discapacitados graves. La atención brindada en la familia es un testimonio extraordinario de amor por la persona humana que hay que respaldar con un reconocimiento adecuado y con unas políticas apropiadas. Por lo tanto, médicos y enfermeros, sacerdotes, consagrados y voluntarios, familiares y todos aquellos que se comprometen en el cuidado de los enfermos, participan en esta misión eclesial. Se trata de una responsabilidad compartida que enriquece el valor del servicio diario de cada uno.
7. A María, Madre de la ternura, queremos confiarle todos los enfermos en el cuerpo y en el espíritu, para que los sostenga en la esperanza. Le pedimos también que nos ayude a acoger a nuestros hermanos enfermos. La Iglesia sabe que necesita una gracia especial para estar a la altura de su servicio evangélico de atención a los enfermos. Por lo tanto, la oración a la Madre del Señor nos ve unidos en una súplica insistente, para que cada miembro de la Iglesia viva con amor la vocación al servicio de la vida y de la salud. La Virgen María interceda por esta XXVI Jornada Mundial del Enfermo, ayude a las personas enfermas a vivir su sufrimiento en comunión con el Señor Jesús y apoye a quienes cuidan de ellas. A todos, enfermos, agentes sanitarios y voluntarios, imparto de corazón la Bendición Apostólica.
Vaticano, 26 de noviembre de 2017.
Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo.
Francisco

Dejarse consolar por el Señor

El Papa ayer en Santa Marta


En la Primera Lectura del profeta Isaías (Is 35,1-10) el Señor promete a su pueblo consuelo. El Señor vino a consolarnos. El mismo San Ignacio nos dice que es bueno contemplar la tarea de Cristo como quien consuela, como los amigos consuelan a los demás. Basta pensar en la mañana de la Resurrección, del Evangelio de Lucas, cuando Jesús se aparece a los apóstoles, y era tanta la alegría que no podían creer. Tantas veces el consuelo del Señor nos parece una maravilla. Pero no es fácil dejarse consolar; es más fácil consolar a los demás que dejarse consolar. Porque, muchas veces, estamos apegados a lo negativo, a la herida del pecado que hay en nosotros y preferimos quedarnos solos, en la camilla, como el del Evangelio, aislado, ahí, sin levantarse. Levántate es la palabra de Jesús, siempre: ¡Levántate! El problema es que en lo negativo somos dueños porque llevamos dentro la herida del pecado, mientras en lo positivo somos mendicantes y no nos gusta mendigar el consuelo.
Cuando se prefiere el rencor y cocinamos nuestros sentimientos en el caldo del resentimiento, hay un corazón amargo, y nuestro tesoro es la amargura, como el paralítico de la piscina de Siloé: 38 años con su amargura diciendo que cuando se movían las aguas, nadie le ayudaba. Esos corazones prefieren lo amargo a lo dulce, mucha gente prefiere esa raíz amarga, que nos lleva con la memoria al pecado original. Y eso es no dejarse consolar. Y luego está la amargura que siempre nos lleva a las quejas: los hombres que se lamentan ante Dios en vez de alabarlo: quejas como música de fondo que acompaña la vida. Santa Teresa decía: «Ay de la monja que dice: Me han hecho una injusticia, me han hecho algo no razonable». Ahí está el profeta Jonás, premio Nobel de las quejas, que huyó de Dios lamentándose de que le hubiera escogido, y naufragó y fue engullido por un pez, y luego volvió a la misión. Y entonces, en vez de alegrarse por la conversión de la gente, se quejaba porque Dios la salvaba.
En las quejas hay cosas contradictorias, como un buen sacerdote que conocí, pero que se quejaba de todo: tenía la cualidad de encontrar la mosca en la leche. Era buen sacerdote, y en el confesionario era muy misericordioso. Ya anciano, sus compañeros de presbiterio decían cómo sería su muerte y que cuando fuese al cielo, lo primero que dirá a San Pedro, en vez de saludarlo, es: ¿Dónde está el infierno?, ¡siempre lo negativo! Y San Pedro le hará ver el infierno. Pero él dirá: ¿Y cuántos condenados hay? Solo uno. ¡Qué desastre de redención! Eso pasa.
Y ante la amargura, el rencor y las quejas, la palabra de la Iglesia es ánimo, ánimo. Isaías invita al ánimo, porque Dios viene a salvarte. En el Evangelio de hoy (Lc 5,17-26), algunas personas suben al techo, porque había mucha gente, y bajan al paralítico para ponerlo ante Jesús. No pensaron si había escribas y fariseos; solo querían la curación de aquel hombre. Por eso el mensaje de la Liturgia de hoy es dejarnos consolar por el Señor. Y no es fácil, porque hay que despojarse de nuestros egoísmos, de esas cosas que son el tesoro: la amargura, las quejas o tantas cosas. Nos vendrá bien hoy, a cada uno, hacer examen de conciencia: ¿cómo es mi corazón? ¿Tengo alguna amargura? ¿Tengo alguna tristeza? ¿Cómo es mi lenguaje? ¿Es de alabanza a Dios, de belleza, o siempre de quejas? Pedir al Señor la gracia del ánimo, porque viene a consolarnos. Pedir al Señor: ¡Señor, ven a consolarnos!

lunes, 11 de diciembre de 2017

Asegurar “una paz estable y duradera y garantizar la coexistencia de dos estados”

Declaración de la Santa Sede


La Santa sede sigue con una gran atención el desarrollo de la situación en el Oriente Medio, especialmente en referencia a Jerusalén, ciudad santa para los cristianos, judíos y musulmanes del mundo entero.
Expresando su dolor por los enfrentamientos que han cosechado víctimas estos últimos días, el santo Padre renueva su llamada a la sabiduría y a la prudencia de todos, y eleva fervientes oraciones para que los responsables de las Naciones se comprometan en este momento particularmente grave, a conjurar una nueva espiral de la violencia, respondiendo por las palabras y por los hechos, a la aspiración a la paz, a la justicia, y a la seguridad de los pueblos de esta tierra martirizada.
Las preocupaciones para las perspectivas de paz en la región han sido objeto, estos últimos días, de diversas iniciativas, incluidas las reuniones convocadas de urgencia por la Liga Árabe y la Organización para la cooperación islámica. La Santa Sede es sensible a estas preocupaciones y , recordando las palabras sinceras del Papa Francisco, reitera su conocida posición a propósito del carácter singular de la Ciudad Santa, y el respeto del statu quo de conformidad con las deliberaciones de la Comunidad Internacional y de las reiteradas solicitudes de las jerarquías de las Iglesias y de las comunidades cristianas en Tierra Santa.
Al mismo tiempo, él reitera su convicción de que solo una solución negociada entre israelíes y palestinos pueda conducir a una paz estable y duradera y garantizar la coexistencia pacífica de dos Estados en el interior de las fronteras reconocidas de manera internacional.